Editorial
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ISSN: 1575-2844

Revista Vivat Academia

Histórico Año V

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Mayo 2003. Nº 45

LAS FRASES DEL MES

El servicio a los grandes reyes lleva consigo algunas recompensas, pero el servicio a la verdad no tiene recompensa alguna y por esa misma razón vale muchísimo más.

Tariq Alí: "El libro de Saladino".

Las pirámides son el mejor ejemplo de que, en cualquier tiempo y lugar, los obreros tienden a trabajar cada vez menos.

Anónimo

Ser o no ser... funcionario en España

Es un clamor nacional, de los no funcionarios por supuesto, que ser funcionario supone una serie de privilegios fuera de toda racionalidad, en un país con un sistema económico liberal capitalista. Dicen, además, que los funcionarios trabajan poco y mal y se cuentan todo tipo de chistes y anécdotas al respecto. Añadido a esto, y dada la situación del mercado laboral español, existe, lamentablemente, entre los funcionarios, un sentimiento generalizado de culpa, aparte de otras razones que comentaremos más adelante, que hace imposible montar todo tipo de movimiento reivindicativo para reclamar derechos, como los de cualquier otro ciudadano; tan es así que muchos piensan que ganan más de lo merecido, caso único entre los asalariados de cualquier procedencia, estado o nacionalidad. Efectivamente, por poner un ejemplo cercano, no es ese el caso de los funcionarios franceses.

En este mismo número, en la sección de opinión y debate, se publica un artículo sobre la pérdida de poder adquisitivo de los sueldos de la gran mayoría de estos trabajadores. Sí, porque, aunque algunos no lo crean, son personal que contribuye al bienestar del país como cualquier otro "currante", y pagan sus impuestos, quizás, más religiosamente que otros trabajadores por cuenta propia; cada céntimo que reciben está reflejado en las cuentas de Hacienda, salvo abusos de fondos reservados, de exclusivo uso de altos cargos.

Pero no sólo se trata de los sueldos. ¿Alguien se ha preguntado el porqué siguen afectados por un sistema de jubilación antediluviano, que supone ser los pensionistas peor pagados de todo el país? Aquí nos enfrentamos, una vez más, con la falta de reivindicación colectiva. ¿De nuevo el sentimiento de culpa? Puede existir otro factor a tener en cuenta, quizás los funcionarios sean los trabajadores menos solidarios con sus compañeros. Vamos a intentar analizar a continuación parte de la raíz de este posible problema.

Se ha publicado recientemente que en el mundo funcionarial -y el personal universitario es de los más afectados en este aspecto- se dan con mayor virulencia los casos de acoso psicológico y laboral (mobbing). Vayamos por partes.

En primer lugar, no es cierto que a un funcionario no se le pueda separar del servicio, incluso de por vida, si comete infracciones graves; dicho sea de paso, la administración pública no suele quebrar o necesitar menos mano de obra, más bien al contrario. Ocurre que no es un sistema habitualmente empleado para solucionar problemas en los negociados, porque son muchos los jefes de servicio y otros vericuetos de la administración llegados a su estatus por un sistema pernicioso de medraje en la práctica. Ciertamente el principio de Peter se cumple allí con menos excepciones que en parte alguna, precisamente por mantener sistemas de valoración e incentivación del trabajo, si es que existen, cuando más dieciochescos. Así, cuanto más alta es la responsabilidad de un individuo, menos ganas tiene de rodearse de colaboradores eficaces -no vayan a hacerle sombra- y ello conduce, indefectiblemente, a un intento de perpetuar la especie. Al díscolo, al que no se amolda a la máquina y sus engranajes, se le hace la vida imposible, hasta que se doblega o escapa por las vías más idóneas para no caer en la locura. He aquí la causa de la prácticamente universal frustración laboral en este colectivo. El funcionario se transforma entonces en un desconfiado recalcitrante, -sospecha de todo su entorno, pues nunca sabrá quién está en sus mismas condiciones, quién va a traicionarlo, ni quién va a responder positivamente en caso de solicitar ayuda. Es decir, se convierte en un insolidario por desconfiado. En ese ambiente, difícilmente se puede conseguir movimiento reivindicativo alguno.

Por otra parte, en el ámbito de la actividad funcionarial, los sindicatos no están exentos de estos mismos males, y no es raro encontrarse a los mejores y más expertos acosadores, o más corruptos funcionarios, como líderes y responsables de parcelas sindicales, siendo ellos quienes deberían defender a los más débiles y afectados por el sistema. Esto hace completamente ineficaz la existencia de sindicatos en la administración pública española, y si no consulten ustedes el nivel de afiliados reales a las distintas organizaciones sindicales.

Con todo ello, un funcionario normal, en su día a día, se ve continuamente sometido a las arbitrariedades de sus "jefes" y "jefecillos", cuando no a las de algunos de sus compañeros bien integrados en la maquinaria perversa edificada en este ambiente. No puede reclamar, la denuncia irá parar a manos de otro "jefe" o "jefecillo", éste la parará, por aquello de hoy por mí y mañana por ti. La propia cúpula de la administración pública participa en este cruel juego, haciendo, en el mejor de los casos, oídos sordos a las protestas. Cuando se inventa algún sistema para premiar a los funcionarios más capacitados, se pone en manos de otros funcionarios, unos corruptos y otros no, el "reparto de beneficios". Como resultado salen premiados los de siempre, los que forman parte del mencionado engranaje y lo hacen marchar con fluidez. El corrupto se encarga de beneficiar, en el mejor de los casos, a sus no-enemigos, usando todo tipo de martingalas, mientras el "honrado" soporta con estoicismo encomiable el resultado, a veces por no verse implicado en una serie de procesos, incluso judiciales, que le harán aparecer, a los ojos de los mejor colocados, como un revolucionario peligroso, es decir digno, a su vez, de ser perseguido.

Es incontestable el hecho de que, entre todos los trabajadores de este país, la labor de un funcionario es la menos valorada. Al ser normalmente los encargados de velar por el cumplimento de las normativas, los ajenos al sistema no los ven con buenos ojos; el españolito de a pie soporta mal eso de respetar los derechos del prójimo, no en vano somos uno de los países con mayor nivel de infracciones del mundo mundial, salvando las distancias con aquellos pobres a los que legamos nuestra herencia social y cultural. Los "patronos" del sufrido funcionario tampoco gustan de valorar a sus empleados, porque, por ineficacia, desidia, o maldad, prefieren tener un colectivo de trabajadores a sus órdenes lo menos conflictivo y reivindicativo posible. Eso sí, suben sueldos y reconocen derechos a los más problemáticos: magistrados, altos cargos, etc., o premian con los puestos de libre designación (otra perversión del sistema) a los más afines a la ideología política dominante en el momento. Ejemplo: Si el colectivo de maestros va a la huelga por razones salariales, conseguirán más beneficios que si lo hace el colectivo de profesores de universidad. Los primeros envían a sus casas a los niños y los papis no saben qué hacer con ellos, los segundos envían al bar a los adolescentes (no a todos, porque la mayoría ya se encarga de ir solita todos los días) y los papis no se enteran en forma efectiva, pues el bar forma parte natural de esa guardería llamada universidad.

Dicho de otra forma, los responsables de este sistema de contratación han encontrado la panacea universal. Fíjense bien, aún estando prohibido por todas las leyes, normativas y sentidos comunes, la administración sigue manteniendo el sistema de interinidades que hace posible e inevitable un adiestramiento del candidato, previo a su ingreso en la máquina. Se inventa, además, contrataciones precarias (becarios, asociados, contratos administrativos) que permitan tener a los trabajadores "no funcionarios" del sistema en unas condiciones de esclavitud, cuando menos de estómagos agradecidos, dignas de la época prerromana.

En resumen, el aparato funciona porque hay muchos, la mayoría, que, sobreponiéndose a todas las dificultades, aman su trabajo y, aún a riesgo de su propia salud, se empeñan en hacerlo bien, a pesar de las chinitas -más bien pedruscos-, que algunos de sus compañeros y jefecillos se empeñan en colocar en el camino.

Se nos ocurre una pregunta. ¿En la empresa privada se funciona mejor? No en todas, evidentemente, responderán ustedes. Este país no es precisamente un ejemplo de buen hacer empresarial. El patrono medio español no está exento, en sus negocios, de este tipo de "deporte", es más, muchos lo ejercen como un buen sistema de controlar a sus trabajadores. Sin embargo, si miramos a las buenas empresas, las hallaremos a años luz del sistema funcionarial, sobre todo en relación con la valoración del trabajo de sus asalariados y éstos, a su vez, tienen otra aceptación en su entorno social no laboral. En otras palabras, el sistema de contratación no tiene nada que ver, es el sistema de gestión el culpable de los males enumerados. Obviamente, funcionan bien aquellas empresas que rehuyen el principio de Peter por la cuenta que les tiene. No obstante, la llamada endogamia y el amiguismo no es un freno para el éxito o una causa del fracaso. Como ejemplo de fácil comprobación, observen ustedes las plantillas de algunas cadenas privadas, y no tan privadas, de televisión, están llenas de programas dirigidos por el hijo de, el amigo de, el amante de, el vecino de. Malo es el mentor y peor el protegido, pero ahí están y nadie se rasga las vestiduras por ello. En la función pública, hoy día eso es cada vez más impensable. Ciertamente, en este ambiente, no hace falta tener consaguinidad, ir de copas y jugar al mus todos los fines de semana, acostarse con el jefe o vivir pared con pared para ser hijo de, amigo de, amante de o vecino de, es sólo una forma de hablar; lo mejor es no ser enemigo de.

Se nos ocurre otra pregunta. ¿Si en la administración pública no hubiera funcionarios, funcionaría todo mejor? Indudablemente la respuesta es negativa, tanto da un sistema de contratación por oposiciones, por concursillos más o menos públicos, o por el método "digital" y, desde luego, de nada sirve la amenaza de el irse a la calle por un quítame allá esas pajas. El país es el que es, el nuestro, España. Si hay empresas que usan métodos de gestión parecidos, imagínense ustedes la empresa pública... El resultado, con toda seguridad, sería: contratos más precarios, sueldos mucho más bajos y un descenso aún más pronunciado de la calidad. Si ahora los buenos profesionales no tienen miedo a someterse a un sistema tan pernicioso, por aquello de "me han dicho" (luego se darán cuenta del error demasiado tarde) que los funcionarios gozan de muchos privilegios, de la otra forma mejor se buscarán las habichuelas en otra parte, donde estarán mejor pagados, tendrán una buena jubilación y valorarán su trabajo en la justa medida.

Haciendo un pequeño paréntesis, no debemos olvidar un dato, muchos de los ataques al sistema funcionarial y críticas sobre sus maldades, falta de eficacia, etc., etc., provienen de personas esforzadas en preparar oposiciones una y otra vez, con tal de entrar a formar parte de la máquina. Al final va a resultar que se ha creado una leyenda negra en torno al funcionariado en general, por aquellos incapaces de entrar en el sistema y que, salvo honrosas excepciones, las de aquellos excluidos por no haberse sometido a las imposiciones del jefecillo de turno, son peores, profesionalmente hablando.

Para evitar un ahogo mental a los lectores, digamos que no en todos los servicios y negociados, afortunadamente, se da el mismo panorama, en caso contrario este país no funcionaría en absoluto.

Si después de todas las generalidades anteriores, descendemos a la particularidad de la universidad, ¿encontraremos diferencias apreciables? Quizás sí y muy acusadas. Los funcionarios universitarios están peor pagados para la misma o más alta cualificación; no hablemos de los profesores, quienes reciben igual sueldo, por el mismo nivel, cuando su titulación académica necesita, al menos, el doble de esfuerzo temporal. Los funcionarios universitarios están peor considerados, al fin y al cabo su trabajo es menos "rentable" a los ojos de políticos y de la sociedad en general, ya se han encargado unos y otros, amén de los corruptos del propio sistema, de desprestigiar la calidad de las enseñanzas superiores. Los funcionarios universitarios tienen menos valorado su trabajo, en relación con el resto de funcionarios, primero porque sus frutos son a largo plazo y eso, en este país, no lo sabe valorar nadie, segundo (nadie sabe el porqué), en los últimos años se ha depreciado la labor docente frente a la actividad investigadora y se ha difundido la idea de que cualquiera puede ser profesor universitario. Por otra parte, por culpa de un sistema organizativo completamente obsoleto y mal diseñado, los demás trabajadores universitarios no tienen orientada su actividad a facilitar las labores propias de la universidad. En consecuencia se pagan sueldos de catedrático a quienes se pasan el día ejerciendo de administrativos, porque alguien ha decidido que los auténticos administrativos deben dedicar su horario a duplicar documentos, cuando no entorpecer el funcionamiento de esa misma máquina administrativa; ¡cuidado! no hablamos de las personas, sino del propio sistema de reparto de funciones. En este régimen, no es de extrañar que se den, con más virulencia, los casos de mobbing y depreciación salarial. Nos enfrentamos entonces a una situación de difícil solución, con una insolidaridad aún más extendida.

Para terminarlo de remediar, entre los mejor formados de cualquier país existe cierto sentimiento de estar muy capacitado para ejercer el poder y, aunque no exista poder alguno que ejercer, muchos profesores universitarios se montan un sistema artificial de reinos de taifas y repúblicas bananeras independientes, que hacen las delicias de psicólogos y siquiatras, quienes ven con ilusión como crece la lista de sus clientes reales y potenciales.

En conclusión, cambiar el sistema de funcionarios por el de contratos no es la solución, lo creemos sinceramente. La solución es de más difícil puesta en marcha, pasa por conseguir de la "patronal" la valoración, en su justa medida, del trabajo de sus asalariados, sean de la categoría, clase o selección que sean. Pasa por convencerles, de una vez por todas, que si España va bien, no es precisamente gracias a sus palos de ciego, a sus incomprensibles errores políticos ni, menos aún, a sus aciertos, sino a las personas que engrasan el engranaje.

¿Quieren hacer desaparecer los males de la función pública?, busquen entonces la forma más rápida y eficaz de quitar los pedruscos del camino. Repetimos, cambiar la forma de contratar al personal no es solución, las personas son las mismas, la idiosincrasia la misma, el resultado será, pues, idéntico.

LA REDACCIÓN

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Vivat Academia, revista del "Grupo de Reflexión de la Universidad de Alcalá" (GRUA).
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Última modificación: 22-05-2003